CATALUNYA: PUIGDEMONT RETROCEDE PERO LA REACCIÓN CONTINÚA SU OFENSIVA

Posted by Nuestra publicación: on jueves, octubre 12, 2017
Catalunya: Puigdemont retrocede pero la reacción continúa su ofensiva

¡Abajo el gobierno de Rajoy, por la república catalana socialista!

El martes 10 de Octubre el President de la Generalitat, Carles Puigdemont, comparecía ante el Parlament de Catalunya. Tras reconocer que el 1 de Octubre más de 2.200.000 personas, venciendo una salvaje represión policial, expresaron su voluntad de que se constituya una república catalana, el líder del PDeCAT cedió a la presión de los poderes del Estado, de la burguesa catalana, de la UE, echando un jarro de agua fría sobre un movimiento de masas que ha colocado al régimen del 78 contra las cuerdas. La crisis revolucionaria que vive Catalunya entra en una nueva faseEl PDeCAT y la burguesía catalana
Esta cesión no sólo no ha servido, como planteaban algunos dirigentes de la izquierda en Catalunya y en el Estado, para quitar argumentos al PP y Ciudadanos y dificultar la ofensiva represiva de la burguesía española y su Estado heredado del franquismo. Desde el gobierno del PP, Ciudadanos y la dirección del PSOE, la respuesta ha sido inmediata: activar el 155 de manera paulatina hasta conseguir sus objetivos. Lo único que está dispuesta a discutir la burguesía española es cómo llevar adelante sus planes para acabar con el movimiento revolucionario de las masas en Catalunya: si con la colaboración de Puigdemont o sin él.
La claudicación de Puigdemont ha causado decepción, malestar y rabia entre millones de personas. Los políticos del PDeCAT, que han sido la representación parlamentaria e institucional de la burguesía catalana, han cedido ante ella en el momento decisivo. El gran capital catalán, cerrando filas con la burguesía española y su Estado, se ha posicionado de manera taxativa contra la república catalana, ejerciendo un chantaje brutal, amenazando con el caos económico y la fuga de empresas. En una situación de crisis revolucionaria como la actual, el PDeCAT ha preferido alinearse con la oligarquía catalana antes que respetar y aplicar la decisión democrática de las masas.
Es evidente que hay sectores en la burguesía española y en las principales burguesías europeas que prefieren utilizar a Puigdemont y el PDeCAT para que colaboren en desactivar la crisis revolucionaria abierta en Catalunya. Pero si estos políticos que han demostrado su falta de principios, vacilan o se muestran renuentes en la tarea, la clase dominante española y catalana no dudará en ir hasta donde haga falta para derrotar al movimiento de masas. Lo que está en juego es mucho.
Una crisis revolucionaria
El 1 de octubre millones de ciudadanos pacíficos, familias enteras y, destacando por derecho propio, la juventud, resistieron de manera ejemplar la brutal represión de miles de efectivos de la policía nacional y guardias civiles enviados por el gobierno del PP para aplastar el derecho a decidir de todo un pueblo. Viviendo escenas propias de una dictadura, los efectivos policiales se abrieron paso con una violencia extrema y a martillazos para desalojar los colegios electorales. Aquella jornada pasará a la historia de la llamada “democracia” española como un acto de barbarie autoritaria. Pero lo más importante de aquel día no fue la crueldad policial saldada con cerca de 1.000 heridos, sino la imagen ofrecida por un pueblo sin miedo, decidido a luchar hasta las últimas consecuencias, y que ha protagonizado un movimiento revolucionario sin precedentes en cuarenta años.
La participación de más de dos millones de personas en la votación del 1 de octubre representa un triunfo sin paliativos de la voluntad popular, mucho más teniendo en cuenta que se produjo en medio de un estado de excepción policial. Pocas veces hemos asistido en la historia reciente a un ejercicio de democracia directa tan elevado y generalizado como el acontecido el 1 de octubre, arrojando un resultado aplastante a favor de la república catalana.
A la jornada del 1 siguió la gran huelga general del 3 de octubre, y la movilización en Catalunya fue tan masiva que sólo hay un precedente histórico de algo similar: cuando las masas del pueblo y los trabajadores de Catalunya se lanzaron el 18 y 19 de julio de 1936 a combatir el golpe de Estado fascista, y lograron desarmar tras horas de batalla enconada a las fuerzas reaccionarias. Aquel triunfo abrió las puertas de par en par a la revolución socialista en territorio repúblicano, creó organismos de poder obrero, milicias, colectividades y amenazó el orden capitalista en toda Europa.
La crisis revolucionaria que vive Catalunya ha sido impulsada por dos factores políticos de primer orden: la opresión nacional de la burguesía española y su Estado centralista, que se niegan a reconocer que Catalunya es una nación y rechazan el ejercicio del derecho de autodeterminación por la vía represiva; y la frustración generada por la recesión capitalista, el desempleo de masas, los desahucios, la precariedad y los bajos salarios, la falta de futuro para la juventud. La lucha contra la opresión nacional y la opresión de clase se han entrelazado, como en otras épocas (1909, 1931, 1934, 1936, 1977…), generando un potencial revolucionario extraordinario.
El régimen del 78
El movimiento de las masas en Catalunya apunta directamente a la línea de flotación del régimen político que la burguesía española levantó en los años setenta con la colaboración de las direcciones reformistas de la izquierda (PCE y PSOE y los sindicatos). Y es necesario señalar lo que pasó en ese momento, ahora que desde sectores de la izquierda se habla con profusión del agotamiento de ese régimen a la vez que se ofrece como alternativa el diálogo y la conciliación.
Entre 1976 y 1978 los políticos de la dictadura franquista reconvertidos en “nuevos demócratas”, del estilo de Martín Villa, Adolfo Suárez y muchos otros, siguiendo las directrices del gran capital español e internacional, llegaron a un acuerdo con Felipe González y Santiago Carrillo para abortar una situación revolucionaria, en la que la clase obrera y la juventud de todos los territorios pusieron contra las cuerdas a la dictadura y al capitalismo. Este gran pacto, o esta gran traición según el punto de vista de clase con el que se mire, supuso un reconocimiento legal de una parte de las libertades y derechos democráticos que ya habían sido impuestos por la movilización popular, a cambio de que la burguesía española recobrara el control de la situación y se aceptara el régimen monárquico impuesto por Franco.
El régimen del 78 consagró formalmente la “monarquía parlamentaria”, pero se construyó sobre una ley de punto y final que amparó la impunidad de los crímenes del franquismo, permitiendo que el aparato del Estado, la judicatura, las fuerzas policiales y militares siguieran en manos de los reaccionarios de siempre. La Constitución que le dio consistencia legal garantizó la economía de “libre mercado” y el poder incuestionable de los capitalistas, negando el derecho de autodeterminación de Catalunya, Euskal Herria y Galiza. El texto constitucional tuvo que reconocer el llamado Estado de las autonomías, pero sobre todo consagró la máxima de la dictadura: España, una, grande y libre, la unidad de la “Patria”, mediante medidas de excepción (el artículo 155) y el recurso a la violencia del Estado. Los argumentos de las direcciones reformistas de la izquierda para aceptar aquel “acuerdo” fueron los que siempre se utilizan en una situación revolucionaria para justificar el derrotismo: el “ruido de sables”, la amenaza golpista y una “correlación de fuerzas” desfavorable.
La contrarrevolución
Como hemos visto una y otra vez a lo largo de la historia, una dirección que no confía en las masas revolucionarias, y que no atiende a sus aspiraciones y objetivos, sólo favorece al adversario, que se siente así con más determinación para lanzar su ofensiva. La burguesía, española y catalana, sí tienen muy claros sus objetivos. Estos pasan por infligir un escarmiento a las masas por haber desafiado sus leyes reaccionarias y cuestionar el régimen monárquico del 78, y por intentar proclamar una república catalana mediante métodos revolucionarios, lo que abriría la puerta inevitablemente a una lucha abierta contra el capitalismo y las políticas de austeridad.
La burguesía catalana, española y europea comprendieron mucho mejor que los dirigentes reformistas de la izquierda estatal y catalana, el significado político de los acontecimientos que se estaban viviendo en Catalunya. Y pasaron a la ofensiva. Una ofensiva salvaje en todos los frentes: amenazas de aplicar el artículo 155 e incluso medidas como el estado de excepción por parte del gobierno; editoriales incendiarios de El Mundo o El País llamando a cortar de raíz lo que ellos mismos definieron como un movimiento insurreccional y un contexto revolucionario, pasando (¡cómo no!) por sumar a esta ofensiva a la propia burguesía catalana. Mientras sus medios (La Vanguardia, El Periódico…) organizaban una intensa campaña del miedo, las principales empresas catalanas anunciaban en cascada el traslado de sus sedes fuera de Catalunya y las organizaciones patronales, Fomento del Trabajo y Cercle d’Economía advertían que la proclamación de la república supondría el caos.
Demostrando sus verdaderos intereses de clase y su pánico a la movilización revolucionaria de las masas, numerosos empresarios catalanes considerados amigos del Govern y autodenominados soberanistas se sumaron decididamente a esta campaña. Las familias propietarias de los grupos empresariales Grifols e Idilia Foods (Colacao, Nocilla) anunciaron su marcha de Catalunya si “continuaba la inestabilidad política”. Angels Vallvé, empresaria de GVC Gaesco, esposa del Presidente de la Bolsa de Barcelona y hermana del vicepresidente de Omnium, Joan Vallvé, anunció su salida  incluso antes.
Como parte de esta campaña, y de la escenificación de una supuesta fractura social de Catalunya que sirviese para justificar la represión (o el retroceso por parte del Govern), el 8 de Octubre asistimos a la manifestación por la unidad de España convocada por la organización de derechas Sociedad Civil Catalana. A esta manifestación reaccionaria, que fue publicitada hasta la saciedad desde los medios de comunicación españoles, se sumó desde el PP y Ciudadanos hasta la Falange o la Fundación José Antonio, y también numerosos dirigentes del PSOE y el PSC, que escribieron una de las páginas más infames de la historia de la socialdemocracia catalana y española. La imagen de Josep Borrell arengando a decenas de miles con banderas de España, mientras Xavier Albiol, Albert Rivera o Inés Arrimadas se rompían las manos de tanto aplaudirle, es la viva estampa de este frente único que, a pesar de que dice defender el “Estado de derecho”, se envuelve con la bandera del españolismo y los símbolos de la dictadura.
Como ha hecho en otros momentos revolucionarios o pre-revolucionarios, la burguesía empleó todo su poder económico y mediático para movilizar a los sectores más atrasados y reaccionarios, acarreando en trenes y centenares de autobuses militantes del PP y Ciudadanos desde otras zonas del estado y desde toda Catalunya. Como en los mejores tiempos de la dictadura, no faltaron manifestantes fascistas desfilando por Via Laietana saludando brazo en alto a las fuerzas de ocupación o portando gorros de legionarios. Pero los 300.000 o 400.000 manifestantes del 8-O, movilizados por un ideal reaccionario, no se pueden comparar a los millones que nos movilizamos en el referéndum del 1-O o en la huelga general del 3-O.
Los datos del 1-O confirman que las zonas donde más creció la participación electoral y el “Sí” a la república catalana fueron precisamente los barrios obreros de Barcelona y otras grandes ciudades, en especial en aquellos donde predomina la población originaria de otros territorios del Estado y los trabajadores inmigrantes. ¡Qué impresionante contestación a todas las mentiras y calumnias acerca de la “imposición” del referéndum o la “fractura de Catalunya” que las imágenes de decenas de miles de inmigrantes yendo a votar! ¡O de personas que acudían a los colegios electorales llevando banderas de la república española o incluso la camiseta de “la Roja” y eran ovacionados!
El abandono de las calles tras el 3-O y el papel de los dirigentes de la izquierda
Los millones de jóvenes y trabajadores que defendimos nuestro derecho a votar el 1-O y paralizamos Catalunya el 3-O, inundando las calles de todos sus pueblos y ciudades, no sólo mostramos ese día nuestra fuerza. También dejamos claro a los dirigentes de la izquierda que estábamos dispuestos a ir hasta el final.
Los dirigentes de IU y Podemos, no se han cansado de hacer llamamientos al diálogo y a un “referéndum pactado y legal” con el mismo Estado y el mismo gobierno que, envueltos en la bandera rojigualda, ya ha dicho alto y claro que jamás va a conceder el derecho de autodeterminación para Catalunya y está dispuesto a emplear todo su arsenal represivo para demostrarlo.
Estos dirigentes de la izquierda hablan de “dialogo” con la reacción, y renuncian a basarse en fuerza de millones de trabajadores y jóvenes en Catalunya, para adoptar el papel de mediadores entre la burguesía española y catalana. Hablan de sensatez y pretenden convencer a Rajoy de que no aplique el 155, y al mismo tiempo rechazan organizar la movilización masiva de la izquierda social y de la clase obrera contra el desacreditado régimen del 78, la corrupción del PP y sus políticas de recortes, vinculando estos aspectos a las brutales amenazas de la monarquía y el Gobierno que, con sus medidas represivas, han creado ya un auténtico estado de excepción antidemocrático en Catalunya.
Muchos de estos dirigentes, especialmente Alberto Garzón de IU, adoptan una posición equidistante entre las masas de Catalunya, que aspiran a la proclamación de la república y luchan con métodos revolucionarios para lograrlo, y el bloque reaccionario que en nombre de la legalidad burguesa siguen negándoles el derecho a decidir y amenazándolas con la represión violenta, el caos económico y la cárcel. Es una posición muy errónea que proporciona argumentos a la derecha.
La experiencia de estos tremendos acontecimientos demuestra que no podemos confiar ni en la burguesía española ni en la burguesía catalana, y esta es también una lección muy importante dirigida a la CUP.
Los compañeros y compañeras de la CUP han jugado un papel realmente destacado en la organización de los Comités de Defensa del Referéndum y en la resistencia a la represión, en las movilizaciones estudiantiles y en la huelga general. La reacción ha dirigido sus dardos más envenenados contra ellos, calificados día sí y día también con los insultos y las injurias más groseras desde los medios de comunicación capitalistas.
Después de la cesión de Puigdemont cobra relevancia lo que los marxistas revolucionarios siempre habíamos señalado a los compañeros de la CUP. Que la burguesía catalana y sus representantes políticos del PDeCAT traicionarían la causa de Catalunya, la libertad del pueblo y la república catalana. Y lo han hecho porque por encima de la demagogia a la que han recurrido en estos años, Puigdemont y los suyos defienden los intereses de la oligarquía catalana.
Es fundamental que los compañeros de la CUP rompan de una vez por todas con el PDeCAT y la burguesía catalana. Atarse al carro de los ex convergentes sólo puede añadir más frustración y preparar nuevas derrotas.
Es el momento de dar un giro de 180 grados en la política de la izquierda catalana, romper con la política de conciliación y “dialogo” con la reacción y de subordinación al PDeCAT. Es el momento de levantar un gran Frente de Izquierdas con un programa de clase, revolucionario y anticapitalista para luchar por la república catalana y la transformación socialista de la sociedad.
Impulsar de nuevo los comités de defensa y la movilización en las calles. Por la república socialista catalana
El gobierno del PP con el apoyo de Ciudadanos y una vez más el aval de la dirección del PSOE ha activado el artículo 155. Su objetivo es dar una lección a las masas en Catalunya que sirva también para escarmentar a los jóvenes y trabajadores del resto del Estado y de Europa. Quieren que Puigdemont actúe como Tsipras en Grecia. No les basta con que no haya proclamado la república catalana decidida por el pueblo el 1-O. Le exigen que sea él quien se encargue de sofocar cualquier esperanza de que la república vaya a ser proclamada. Si no está dispuesto a hacerlo la burguesía española está decidida a aprovechar el shock provocado por el propio Puigdemont para aplicar el 155.
En este momento, distintos escenarios son posibles y las perspectivas están muy abiertas. Pero todos llevan al mismo punto. El acuerdo que supuestamente ha arrancado Pedro Sánchez a Rajoy de crear una comisión parlamentaria para debatir la reforma de la Constitución, representa un fraude. No es más que una maniobra patética de la socialdemocracia para intentar disfrazar lo que ha sido su conducta: respaldar totalmente la posición del PP y del Estado contra el pueblo de Catalunya.
Lo ocurrido estos últimos días demuestra que es imposible conseguir la liberación nacional de Catalunya de la mano del PDeCAT y la burguesía catalana. Incluso en el caso de que la represión del PP y la negativa de la burguesía española a negociar otra cosa que las condiciones de la rendición obligase a Puigdemont a volver a ponerse al frente y dar un paso adelante, lo ocurrido el 10 de Octubre debe ser más que suficiente para que los dirigentes de la CUP rompan su apoyo al PDeCAT.
Desde Izquierda Revolucionaria llamamos una vez más a la dirección de la CUP, Podem y Catalunya en Comú, ERC… al movimiento estudiantil y sus organizaciones (Sindicat d’Estudiants, SEPC), al movimiento obrero y sus sindicatos de clase en Catalunya, a que establezcan un Frente Único de Izquierdas que se base en los Comités de Defensa del Referéndum (CDR) y en todos los organismos que han ido surgiendo estas semanas en Catalunya, para organizar comités por la república en empresas y fábricas, en barrios y centros de estudio, y coordinarlos para reimpulsar el movimiento de masas, denunciando la aplicación del 155 y el resto de medidas que prepara Rajoy, y preparando una huelga general capaz de resistir cualquier acción violenta del Estado y conquistar la república catalana con un gobierno de izquierdas. Este Frente de Izquierdas debe romper cualquier subordinación a la derecha catalanista, al PDeCAT o a Puigdemont, y debe llamar a la solidaridad activa del movimiento obrero y la juventud en el resto del Estado.
La única manera de esclarecer la situación, de acabar con la confusión, de unir a los trabajadores y la juventud del resto del Estado con sus hermanos de clase en Catalunya es a través de la movilización masiva contra el gobierno del PP. Esta es la tarea de toda la izquierda, de todos los militantes y activistas conscientes. Ésta es también la responsabilidad de la dirección de Unidos Podemos, de Pablo Iglesias, de Ada Colau, que en estos momentos críticos deben dirigirse directamente a los trabajadores y a la juventud, especialmente a la base de CCOO y UGT, un mensaje claro de lucha contra la reacción.
La clase dominante española y catalana ve con terror la proclamación de la república catalana, y la razón no es sólo porque quebraría la idea de España, una, grande y libre. Saben que esta conquista del pueblo sería el preludio de una lucha aún más intensa y trascendental a favor de los oprimidos, contra la dominación de los capitalistas, contra el orden social establecido y por una república socialista en Catalunya y una república socialista federal basada en la unión libre y voluntaria de los pueblos y naciones que componen actualmente el Estado español. Una lucha que ya está conquistando la solidaridad activa de las masas oprimidas de Europa y de todo el mundo.
Las masas han sufrido un golpe. Un golpe que es más duro porque ha llegado de donde una inmensa mayoría de ellas no imaginaba. Pero el movimiento asimilará las lecciones de lo ocurrido. Si el gobierno del PP y sus aliados, desde Ciudadanos a la dirección del PSOE, si el Estado y la burguesía catalana y española, dan rienda suelta a su sed de venganza e intentan imponer un escenario de represión salvaje, la respuesta puede ser contundente. Parafraseando a Lenin, la revolución a veces necesita del látigo de la contrarrevolución. Nada de lo ocurrido en el último mes ha pasado en balde.
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A CIEN AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA – OCTUBRE DE 1917. CUANDO LA CLASE OBRERA TOMÓ EL PODER

Posted by Nuestra publicación: on jueves, octubre 12, 2017
A cien años de la Revolución Rusa – Octubre de 1917. Cuando la clase obrera tomó el poder

“Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”.
Karl Marx & Friedrich Engels, Circular a la Liga de los Comunistas, 1850
A finales de agosto y principios de septiembre de 1917, la crisis revolucionaria en Rusia había madurado. La derrota del golpe de agosto de Kornílov llenó a la vanguardia obrera de confianza y redobló su determinación. A su vez, la comprensión del nexo entre la economía y la política, entre la decisión del Gobierno Provisional de mantener la guerra, la propiedad privada de las fábricas y la tierra, y las penurias que padecían los trabajadores en las ciudades, los campesinos en las aldeas y los soldados en las trincheras, se abrió camino en la conciencia de millones y expuso en toda su magnitud las mentiras y promesas traicionadas de los eseristas y los mencheviques, contrarios a romper su coalición con la burguesía y los terratenientes.
El “pugilato entre el sistema soviético y la democracia formal”, es decir, el doble poder emanado de la Revolución de Febrero, llegaba a su último asalto. Instituciones y organismos como el Gobierno Provisional y las dumas, así como el preparlamento —convocado desesperadamente por Kérenski para desviar a las masas de la acción revolucionaria—, perdían aceleradamente su crédito ante la mayoría el pueblo. Teatros de la charlatanería y el engaño, todos estos organismos se habían mostrado incapaces de resolver las necesidades de una población harta de discursos huecos, que los hechos tozudos negaban a cada paso: ni tierra, ni pan, ni paz, ni derechos para las naciones oprimidas. Aspiraciones que no tenían cabida dentro del marco del capitalismo ruso y que empujaban inexorablemente hacia una nueva revolución.
Todo este avance en la conciencia se tradujo en un crecimiento de la autoridad política de los bolcheviques, que pasaron de ser una escasa minoría en los sóviets a ganar la mayoría en los de Petrogrado y Moscú —los dos núcleos urbanos que actuaban como guía política para el resto de Rusia— y en otras muchas ciudades. Dicha victoria se había gestado desde abajo, en el corazón del proletariado, conquistando en primer lugar los sóviets de las fábricas y los barrios obreros, y demostrando a las masas oprimidas que los bolcheviques no eran como el resto de los partidos: ellos sí hacían lo que decían y, aunque fueron reprimidos sin tregua, nunca abandonaron a las masas incluso en las circunstancias más difíciles.
En este punto hay que volver a recordar que, desde Febrero, la mayoría de los sóviets estuvieron dirigidos por los partidos conciliadores y reformistas, eseristas y mencheviques. Estas formaciones habían pervertido los organismos de poder obrero colocándolos al servicio de la colaboración de clases. La posibilidad de que los sóviets se convirtieran en una palanca de la contrarrevolución fue advertida en numerosas ocasiones por Lenin, que insistía correctamente en no tener ningún apego a formas organizativas cuando éstas dejan de jugar la función progresista para la que nacieron.
Pero las dudas de Lenin, que incluso llegó a proponer abandonar la consigna de ¡Todo el poder a los sóviets! y centrar las fuerzas del partido en impulsar los comités de fábrica como los órganos de la insurrección, fueron resueltas por la propia experiencia de los hechos. La derrota de la intentona golpista de agosto —el látigo de la contrarrevolución— insufló nuevamente a los sóviets la sabia revolucionaria necesaria.
Crisis en el Comité Central bolchevique
Las conclusiones que se pueden extraer del Octubre ruso son muchas y valiosas, especialmente en lo concerniente al papel del partido revolucionario. Por ello, una de las más nefastas falsificaciones estalinistas es la que oculta la auténtica historia de lo que ocurrió en la dirección bolchevique durante aquel año crucial. Pretender deducir del triunfo de la revolución que el programa, los métodos y las tácticas aplicados durante esos diez meses de 1917 surgieron de forma natural, sosegada y unánime entre los líderes bolcheviques, es faltar a la verdad. Por el contrario, la frenética sucesión de acontecimientos y debates no dejaron de golpear el partido, provocando constantes crisis.
La situación objetiva en septiembre había sufrido una gran transformación. Ya no se trataba, como señalaría Lenin en sus Tesis de Abril, de explicar pacientemente a las masas la necesidad de luchar por la revolución socialista y hacerla consciente de su tarea histórica. La situación había madurado rápidamente. Después de la represión sangrienta de las Jornadas de Julio y del intento de golpe de Estado de Kornílov en agosto, el poder se deslizó a manos de una camarilla bonapartista, encarnada por Kérenski, que amenazaba con la derrota humillante y definitiva de la revolución.
De estos hechos, en palabras de Lenin, se concluía que era completamente imposible el “desarrollo pacífico” de la revolución. La cerrazón de eseristas y mencheviques de atarse al carro de la reacción burguesa, convirtiéndose en los mayordomos de Miliukov y los kadetes, hacía imposible esta perspectiva. Lenin lo advirtió en toda su correspondencia al Comité Central bolchevique: no había ya caminos intermedios. O una dictadura bonapartista burguesa, o los trabajadores se hacían con el poder en Rusia, apoyados en el poder de los sóviets y en la movilización de los campesinos pobres.
Todos sus escritos de finales de agosto y principios de septiembre están recorridos por este eje: preparar las fuerzas del partido y de la vanguardia para la insurrección, una vez que los hechos confirmaban a cada paso el apoyo de la mayoría de la case obrera y de los campesinos pobres. El 12 de septiembre Lenin publicó un artículo titulado Los bolcheviques deben tomar el poder; dos días después afirmaba que contaban “con todas las premisas objetivas para una insurrección triunfante”.1
Lenin operaba un giro decisivo en la orientación del partido, y se enfrentó a una enconada oposición en la dirección bolchevique. Cuando llegaba el momento para el que los bolcheviques llevaban tanto tiempo preparándose, por el que se habían hecho tantos esfuerzos y sacrificios, una sensación de vértigo paralizante se apoderó de no pocos dirigentes. Stalin, por aquel entonces jefe de la redacción de Pravda, permitió la publicación el 30 de agosto de un artículo de Zinóviev contra la propuesta de la insurrección. Las declaraciones se sucedieron por boca de líderes destacados: Zinóviev, Kámenev y otros muchos acusaron a Lenin de aventurerismo y blanquismo2. Todas estas justificaciones para retrasar la decisión fueron basadas en “razones” teóricas, en la “inmadurez” de las condiciones para tomar el poder, el atraso de la economía rusa para sustentar un Estado obrero, la dificultad de consolidar el apoyo de las masas campesinas o la “fortaleza” militar de los enemigos de la revolución… En definitiva, Rusia no estaba madura para la revolución socialista, y era necesario atravesar una fase previa de desarrollo capitalista y democracia burguesa.
En aquellas circunstancias extremas, Lenin no se arredró y actuó en consecuencia: “Me veo obligado a pedir mi salida del Comité Central, y así lo hago, y a reservar mi libertad de agitación en la base y el congreso del partido”.3 Al igual que cuando la dirección bolchevique lo dejó en minoría con sus Tesis de Abril, “…Lenin se apoyaba en las capas inferiores del partido contra las más altas, o en la masa del partido contra el aparato en su conjunto”.4 Aunque no llegó a hacer pública su dimisión, la lucha interna se prolongó hasta las postrimerías de la insurrección.
Por fin, en el Comité Central celebrado el 10 de octubre (según el calendario ruso de la época), Lenin conquistó la mayoría para organizar y llamar a la insurrección armada. Esta reunión, de trascendencia histórica, contó con algunas particularidades. Sólo 12 de los 21 miembros del CC pudieron asistir. De hecho, Lenin llegó afeitado, con gafas y peluca, pues seguía en la clandestinidad. Al concluir el debate, 10 miembros votaron a favor de la insurrección y 2 en contra. Ello no evitó que tan sólo una semana antes de que la toma del poder se consumara, Kámenev publicara una carta afirmando que: “No sólo Zinóviev y yo, sino una porción de compañeros, estimamos que sería un acto inadmisible, funesto para el partido y la revolución, tomar la iniciativa de la insurrección armada en el momento presente”.5
Toda la presión ideológica ejercida por la burguesía y, especialmente, por la pequeña burguesía hacía mella en la cúspide del partido. “Mencheviques y eseristas procuraban atar a los bolcheviques con la legalidad soviética y transformar ésta, de manera indolora, en legalidad parlamentaria burguesa. Y con semejante táctica simpatizaba la derecha bolchevique”.6 Estas presiones de clases ajenas eran alentadas por el carácter conservador que todo aparato adquiere a lo largo de los años, incluso el del partido más revolucionario.
La toma del poder
La implacable insistencia demostrada por Lenin durante esas semanas cruciales no era casual. Existía una urgencia real, que de no ser atendida acabaría de forma trágica. “La fuerza de un partido revolucionario sólo se acrecienta hasta un momento dado, después del cual puede declinar. Ante la pasividad del partido, las esperanzas de las masas dan paso a la desilusión, de la que saca ventaja el enemigo, que entre tanto se repone de su pánico”.7
La fortaleza de Lenin para superar las vacilaciones y el temor a la derrota de muchos de sus compañeros, se apoyaba sin duda en su profundidad teórica y su genialidad táctica, pero también, y es importante subrayarlo, en su confianza en la capacidad revolucionaria de las masas desposeídas: “Que se avergüencen los que dicen: ‘No tenemos ningún aparato para reemplazar al antiguo, que inevitablemente tiende a la defensa de la burguesía’. Pues ese aparato existe. Son los sóviets. No temáis la iniciativa ni la espontaneidad de las masas, confiad en sus órganos revolucionarios, y veréis manifestarse en todos los dominios de la vida del Estado, esa misma fuerza, esa misma grandeza, la invencibilidad de los obreros y campesinos que han manifestado su unión y su entusiasmo contra el movimiento de Kornílov”.8
Efectivamente, no se trataba sólo de la clase obrera; decenas de millones de campesinos pobres ardían de impaciencia y pasaban a la acción, ocupando los latifundios y expulsando a sus propietarios. Era necesario que los bolcheviques conectaran con esa gigantesca masa humana sedienta de tierra y libertad, demostrándole de forma práctica que su partido tenía el programa que necesitaban. La toma del poder por la clase obrera sería la forma más efectiva de hacerlo, sellando la alianza política entre los oprimidos de la ciudad y del campo.
A principios de octubre, el gobierno de Kérenski, en una maniobra desesperada, trató de trasladar al frente a dos terceras partes de la guarnición militar de Petrogrado debido a sus simpatías hacia el bolchevismo. Pero las tropas no sólo permanecieron en la ciudad, sino que el conflicto que se desató entre el sóviet de la capital —en manos bolcheviques— y el gobierno permitió la constitución el 7 de octubre del Comité Militar Revolucionario, organismo que se apresuró a nombrar comisarios políticos en todas las unidades e instituciones militares, es decir, un Estado Mayor revolucionario, o como Trotsky lo calificó, el “órgano soviético legal de la insurrección”.9
La insurrección prevista en un primer momento para el 15 de octubre (según el calendario ruso de la época) fue aplazada diez días para hacerla coincidir con la apertura del II Congreso de los Sóviets. Con todo, es necesario volver a subrayar la genuina posición política de Lenin, implacable enemigo del cretinismo parlamentario: “Para nosotros, lo importante es la iniciativa revolucionaria, de la que la ley debe ser el resultado. Si esperáis a que se escriba la ley y os cruzáis de brazos, sin desplegar la menor energía revolucionaria, no tendréis ni ley ni tierra”.10 Trotsky recuerda que “al querer que coincidiera la toma del poder con el II Congreso de los Sóviets, ni por asomo abrigábamos la cándida esperanza de que ese Congreso pudiera resolver por sí mismo aquella cuestión. (…) Para apoderarnos del poder, acometíamos activamente los preparativos en el terreno político, organizativo y militar”.11
Todo estaba listo, y el 25 de octubre se inició la insurrección bajo la dirección de León Trotsky y sus colaboradores del Comité Militar Revolucionario: “…decenas y decenas de miles de obreros armados constituían los cuadros de la insurrección. Las reservas eran casi inagotables. Evidentemente, la organización de la guardia roja estaba muy lejos de ser perfecta. (…) Pero, completada con los obreros más capaces de sacrificarse, la guardia roja ardía en deseos de llevar esta lucha hasta el final. Y esto es lo que decidió el asunto”.12 La insurrección en Petrogrado fue incruenta, a diferencia de Moscú donde la candidez de la dirección revolucionaria facilitó la puesta en libertad de numerosos mandos militares que reorganizaron sus fuerzas y pasaron al contraataque.
La Revolución de Octubre fue todo lo contrario a un golpe de Estado, tal como lo intentan presentar los historiadores burgueses y sus portavoces en la izquierda reformista. En realidad lo que decidió el triunfo de Octubre fue el apoyo inmensamente mayoritario de los trabajadores y los campesinos pobres al llamamiento de los bolcheviques. El II Congreso de los Sóviets —celebrado del 25 al 27 de octubre de 1917— aprobó la disolución del Gobierno Provisional, la creación del Consejo de Comisarios del Pueblo, y ratificó los dos famosos decretos, presentados por Lenin, referentes a la entrega de la tierra al campesinado y el fin de la participación de Rusia en la guerra imperialista.
Acababa de nacer el primer Estado obrero de la historia. Como señaló Rosa Luxemburgo desde la cárcel: “Los bolcheviques se han apresurado a formular, como objetivo de su toma del poder, el programa revolucionario más completo y de mayor trascendencia, es decir, no el afianzamiento de la democracia burguesa, sino la dictadura del proletariado a fin de realizar el socialismo (…) Lenin, Trotsky y sus camaradas han demostrado que tienen todo el valor, la energía, la perspicacia y la entereza revolucionaria que quepa pedir a un partido a la hora histórica de la verdad”.13
  1. V. I. Lenin, El marxismo y la insurrección.
  2. August Blanqui (1805-81): Revolucionario y representante del comunismo utópico francés, abo­gaba por la toma del poder mediante el complot armado de una minoría.
  3. Lenin citado por León Trotsky en Historia de la Revolución Rusa.
  4. L. Trotsky, Historia de la Revolución Rusa.
  5. L. Trotsky, Lecciones de Octubre.
  6. Ibíd.
  7. Ibíd.
  8. Lenin citado por L. Trotsky en Historia de la Revolución Rusa.
  9. Ibíd.
  10. Lenin citado por L. Trotsky en Historia de la Revolución Rusa.
  11. L. Trotsky, Lecciones de Octubre.
  12. L. Trotsky, Historia de la Revolución Rusa.
  13. R. Luxemburgo, La revolución rusa, en Obras Escogidas, Ed. Ayuso, pp. 119, 123, 125.

“VOLVER A LOS 17, DESPUÉS DE VIVIR UN SIGLO…” 100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA

Posted by Nuestra publicación: on martes, octubre 10, 2017
“Volver a los 17, después de vivir un siglo…” 100 años de la revolución rusa

Seminario 100 años de la Revolución Rusa

CONMEMORANDO LOS 100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA

“Volver a los 17, después de vivir un siglo…”
Violeta Parra


Seminario organizado por la Fundación Constituyente XXI, CIGLOB-Centro Internacional de Globalización y Desarrollo y Werken Rojo
Santiago de Chile, 13, 14, 15 de octubre 2017
Calle Huérfanos 863 (Ex cine España, Sala EDUTECNO – Galería España)

Entrada liberada







PROGRAMA Y EXPOSITORES

 VIERNES 13

19 horas: Inauguración
Gala artística-cultural, dirigida por el cantautor Francisco VillaCultura, Nuestra América y Revolución de Octubre

SÁBADO 14

09:45 -10:00 horas: Registro de participantes:

Sesión I: 10:00-11:30 horas
La Revolución Rusa en Perspectiva histórico política.
Moderador: Esteban Silva, Fundación Constituyente XXI
Presentación 1: 10:00-10:30 horas
100 años de la Revolución Bolchevique
Julio A Louis, historiador y politólogo Uruguayo, autor de los libros Lenin, la Revolución Rusa y el Socialismo del siglo XXI (2009) y La Revolución Rusa y la Unión Soviética hasta el fin de la Segunda Guerra (1991)
Presentación 2: 10:30-11:00 horas
Libro 100 años de la Revolución Rusa, de Roberto Ávila, abogado especialista en Derechos Humanos.
Debate: 11:00-11:30 horas
Pausa Café: 11:30-11:45 horas
Sesión II: 11:45 horas a 13:15 horas
Aspectos Económicos de la Revolución Bolchevique, la Unión Soviética y Rusia Postsoviética: Ruptura y Restauración del Capitalismo
Presentación 1: 11:45-12:15 horas
El modelo económico sovietico y transición postsoviética: origen, desarrollo y crisis
Andrés Solimano, economista, presidente de CIGLOB
Presentación 2: 12:15-12:45 horas
La implosión del socialismo en la URSS. ¿Qué salió mal? El fracaso de las reformas en el socialismo real
Patricio Guzmán, economista, Fundación Constituyente XXI
Debate: 12:45-13:15 horas

Almuerzo libre
Sesión III: 15:00- 16:30 horas
Impacto político internacional de la Revolución de Octubre
Moderador: Celso Calfullan, director Werken Rojo
Presentación: 15:00-16:00 horas
Revolución Bolchevique y su impacto en las luchas anticolonialistas y por la autodeterminación de los pueblos(La Política del PCUS y de la Unión Soviética, su relación y e influencia en los movimientos de liberación y del tercer mundo)
Expositores:
Esteban Silva, analista internacional, presidente de la Fundación Constituyente XXI.
Julio A. Louis, historiador y politólogo uruguayo.
Juan Carlos Gómez Leyton, académico
Café: 16:00-16:15 horas
Sesión IV: 16:30- 18:00 horas
Cultura y Revolución Bolchevique
Expositores:
Reynaldo Lacámara, escritor, ex presidente de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH)
Patricio Arenas, dirigente del Partido Citoyens, Francia
Víctor Sáez, escritor, ex presidente de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH)
Sesión V. 18:00 – 19:30 horas
Mujeres en la Revolución de Octubre
Modera: Claudia Iriarte. Doctora en Derecho de la Universidad de Chile.
Expositoras:
Ximena Goecke, historiadora
Vilma Álvarez, dirigenta social de la Comuna de la Granja

DOMINGO 15

11:00 horas: Exhibición de la película Octubre, de Serguéi Eisenstein
Foro debate 
Cierre del Evento

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